Amabilidad

El sol pega bastante fuerte ya desde tempranito en la veraniega mañana santafesina.
Horacio, mi viejo, viene bicicleteando desde su casa que no es muy lejos. En Santa Fe todo queda relativamente cerca.
Deja la misma en el zaguán de la tintorería y ahí mismo se quita la bermuda y sandalias para ponerse un pantalón de vestir y mocasines.

El sofocante calor no lo condiciona para mantener una cierta formalidad heredada del trabajo que hacía su padre ni impide que se tome un mate cocido a media mañana.

En verano el trabajo merma y no hay mucho para hacer más que escuchar la radio y esperar a recibir el diario vespertino, el cuál lee de atrás para adelante como si fuera un diario japonés. O tal vez lo hace porque prefiere resolver los crucigramas por sobre todas las cosas.

De repente, justo enfrente de la tintorería estaciona -cometiendo infracción porque no puede estacionar en pleno boulevard- una señora elegante que baja del auto para buscar una prenda.

Siesta, negocio cerrado

Presto, busca el saco del marido de la señora. No necesita la boleta ni que le digan dirección; ya recuerda que ese cliente es el “1955”, que sería el número del domicilio. Se acuerda de muchos clientes, más por la dirección que por sus nombres.

planchando

Desde el fondo del negocio aparece Kachu, mi obá (abuela en okinawense), con un ramo de los últimos jazmines del jardín y se los regala a la señora.
- Hoora señora, ¿cómore va? ¿Esuposo bien? Toóme, furoru de jazumín.
A veces regala jazmines, en otras ocasiones limones y sino, achicoria. Todos productos conseguidos con sus propias manos.

Como la mayoría de las tintorerías japonesas; negocio y hogar son la misma cosa, una unidad casi indivisible donde transcurre de todo un poco: trabajo, comidas familiares, festejos de casamiento, misa budista, etc.

Así es el recuerdo que tengo de la atención al cliente de la tintorería Kyoto hacía unos años atrás.
Mi obá hacía de relacionista pública con su pobre castellano y mi viejo trabajaba a un costado en silencio mientras tomaba jugo de pomelo o té.

Ahora mi obá con más de 91 años, camina poco porque le duele el cuerpo y se queda recostada o mirando televisión. Ya no se da una vuelta por la tintorería para preguntar sobre la vida de todos los clientes que llevan ropa. Sin embargo, ellos siguen preguntando por ella.

La tintorería Kyoto es el único negocio original que quedó en la cuadra, la misma está cercada por edificios nuevos y locales de historia reciente.
El ciclo de vida de esta tintorería esta próximo a su fin. Tiene para un par de años más y seguramente bajará las persianas y la maquinaria Hoffmann pasará a manos de otro tintorero que todavía siga trabajando.

Creo que las claves de la longevidad de la tintorería han sido: cultura de trabajo honesto y amabilidad que no necesita muchas palabras.

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